La ilusión de las certidumbres económicas

Posted on noviembre 25, 2015

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Algo muy interesante está sucediendo en la política occidental. Algo tan inquietante para la clase dirigente como previsible desde el punto de vista histórico.

A pesar de los resultados fluctuantes de Podemos en los sondeos españoles, Portugal está cerca a la formación de un Gobierno de izquierdas, en Grecia el partido Syriza ha conseguido ser reelegido a pesar de la paliza que ha recibido por parte de la Troika, e incluso en el mundo anglosajón los cimientos del neoliberalismo  empiezan a tambalearse.

Corbyn, Iglesias, Tsipiras and Sanders

En Estados Unidos, el aspirante a la nominación presidencial del Partido Demócrata, Bernie Saunders está rehabilitando la ideología socialista democrática entre los simpatizantes del partido. Mientras, en el Reino Unido, Jeremy Corbyn, un rebelde izquierdista de 66 años de edad, se ha convertido en el líder del principal partido de la oposición al recibir un apoyo masivo de los afiliados del ‘Labour Party’. Y la política de austeridad también ha sufrido serios daños en Canadá con la victoria sorprendente de Justin Trudeau.

¿Están todos locos? La clase política y mediática así quiere hacérnoslo creer.

Comentaristas, desde la derecha hasta el centro izquierda, se han unido al condenar estos movimientos anti-austeridad, por su negación irresponsable de la realidad económica.

Sin embargo, como periodista británico con cierta fascinación por la historia, creo que todos deben calmarse un poco porque ya hemos visto antes acontecimientos similares.

El siglo pasado muestra que cada consenso económico ha tenido sus reglas supuestamente inmutables, pero que ninguno ha perdurado.

El consenso económico de ‘laissez faire’ de finales del siglo XIX y principios del XX, finalmente se derrumbó con la especulación, el Crack de 1929 y la Gran Depresión. El posterior consenso keynesiano-intervencionista, cayó en la estanflación de la década de los 70. Margaret Thatcher and Ronald ReaganY ahora el actual consenso neoliberal, forjado  por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en la década de los 80, ha chocado contra sus propias contradicciones.

Estos consensos duran tanto tiempo (por lo general unos 40 años) porque incluso partidos de la oposición empiezan a creer en la inmutabilidad de las reglas establecidas. Ni Tony Blair ni Bill Clinton ni José Luis Rodríguez Zapatero se atrevieron a cuestionar la política de desregulación y privatización promovida por Thatcher y Reagan y algo parecido sucedió con la derecha en los años 50.

Dwight EisenhowerEl Partido Republicano estadounidense había sido un opositor feroz a la intervención del Estado en los años 30. Pero legado el consenso Keynesiano, incluso su propio presidente Dwight Eisenhower observó en 1954:

 “Si algún partido político intenta abolir la seguridad social, el seguro de desempleo, y eliminar las leyes laborales y los programas agrícolas, ese partido desaparecerá de nuestra historia política”.

Dada esta inercia política, lo que es quizás más difícil de explicar es qué es lo que provoca la desaparición de un consenso económico.

Kondratief super cycle or waveEn 1922, el economista ruso Nikolai Kondratiev fue el primero en sugerir que el mundo se rige por súper ciclos de expansión, estancamiento y recesión. Desde entonces,  otros pensadores como Jeremy Rifkin han sugerido que estamos gobernados por olas de innovación tecnológica, o que los cambios demográficos determinan la economía, como Harry S Dent.

Estas explicaciones, sin duda, tienen sus méritos, pero se me ocurre que otros factores más humanos también podrían jugar un papel importante.

El primero es la arrogancia. Cuarenta años es quizás justo el tiempo que le toma a cualquier ideología económica, ya sea de izquierdas o de derechas,  el pervertirse por su propio exceso de confianza.

Presidente de EE.UU. F. D. RooseveltEl consenso keynesiano se inició con la intervención moderada del Estado en la economía bajo el ‘New Deal’ de F.D. Roosevelt, incluyendo una regulación bancaria más estricta, y culminó con la creación loable de los sistemas sanitarios públicos en el Reino Unido y en otros países. El resultado fue un crecimiento de casi el 5% en el mundo desarrollado, nunca visto antes ni después. El Reino Unido en 1978No obstante, el consenso terminó con gobiernos que se extendieron excesivamente, la conflictividad laboral y la estanflación: una combinación de alta inflación y alto desempleo que la ortodoxia económica del período había creído imposible.

El neoliberalismo de los 80 comenzó con el requisito modesto de que los sindicatos celebraran una votación secreta antes de la convocatoria de una huelga, y con la privatización de empresas que no eran ni monopolios naturales ni servían a un propósito social, como aerolíneas y compañías de telecomunicaciones. Sin embargo, continuó con la privatización de los monopolios naturales como el agua y los ferrocarriles, con la venta de parte del servicio público de salud y, lo más desastroso, con la desregularización del sector bancario.

FRANCE EU FINANCIAL CRISIS

Ya conocemos las consecuencias de esta desregularización. Los bancos en España, Estados Unidos y Gran Bretaña, como en otros lugares, abandonaron la inversión productiva en favor de la especulación masiva  de la propiedad y los instrumentos financieros oscuros. El mantra económico del neoliberalismo de que los mercados y los inversores privados siempre asignan los recursos de la manera más productiva se desplomó, como había pasado con la doctrina de la “imposibilidad de estanflación” en los 70.

El segundo factor humano que puede explicar estos ciclos de cuarenta años es generacional.

Cuarenta años de cualquier consenso socio-económico es tiempo suficiente para que grandes franjas del electorado no tengan experiencia adulta del colapso del consenso antes de la última, y por lo tanto esté dispuesto a repetir un experimento similar. No se trata de una crítica específica a los movimientos anti-austeridad de hoy día que no recuerden la crisis de los 70, Margaret Thatchersino de  una observación mucho más general que se aplica igualmente a los orígenes del neoliberalismo. Es probable que, en los años 80, una gran parte del electorado fuese persuadida por la política de Thatcher y Reagan porque ningún votante menor de 60 años tenía experiencia adulta de cómo y por qué el anterior consenso de “laissez-faire” había fracasado tan desastrosamente en los años 30.

Cuando las nuevas generaciones se enfrentan con la arrogancia de la clase dirigente, siempre se traduce en agitación política y retórica estridente, como muestra este discurso:

“Tuvimos que luchar contra los viejos enemigos de la paz: los monopolios empresariales y financieros, la especulación, la banca temeraria, los antagonismos de clase, el sectarismo, los intereses bélicos… Nunca antes en nuestra historia esas fuerzas han estado tan unidas contra un candidato como lo están hoy. Me odian de manera unánime, y yo doy la bienvenida a su odio.”

Estas no son las palabras de Alexis Tsipras, Jeremy Corbyn, Pablo Iglesias o cualquier otro indignado de nuestro tiempo… Son las del Presidente estadunidense F.D. Roosevelt en 1936 cuando luchaba contra la anterior ortodoxia de capitalismo del ‘laissez-faire’.

Volviendo a nuestros días, parece que los comentaristas no están dispuestos a plantear la siguiente pregunta:

Si un modelo del capitalismo fue derrocado en los años 30 y otro en la década de los 70, ¿por qué deberíamos creer que el neoliberalismo es una excepción histórica?

Tal vez sobrevivirá el 40 aniversario de la llegada de Thatcher al poder, que se celebrará en el año 2019, y acaso no sea derribado por los líderes anti-austeridad de hoy día, pero la historia sugiere que el neoliberalismo está entrando en su fase final.

Piketty, Krugman y Stiglitz croppedYa se nota un signo de su declive, y este viene del mundo académico. Cada consenso económico ha tenido su padre intelectual. El economista británico John Maynard Keynes encabezó una revolución en el pensamiento económico en los años 30 así como el estadounidense Milton Friedman en los años 70. Ahora, nuevos pensadores económicos están ganando protagonismo como el economista francés Thomas Piketty o los laureados Nobel estadounidenses Paul KrugmanJoseph Stiglitz. Todos ellos cuestionan el neoliberalismo, y casi ningún académico prominente ha alzado su voz para defenderlo.

Puedo entender que todo esto parezca un poco deprimente para aquellos que han pasado años en la universidad estudiando las supuestas verdades económicas del neoliberalismo, pero les queda al menos un consuelo:

La democracia es el máximo reconocimiento de la incertidumbre y de la falibilidad de los denominados expertos. Si todavía la tenemos durante otros 40 años, ¿quién puede decir que no necesitaremos de nuevo esos viejos libros de texto?

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