La Plaza de Santa Ana – 1989

Posted on abril 4, 2012

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Hace 23 años, en un día como hoy, se celebró una reunión que iba a cambiar la cara del barrio madrileño de Huertas y en especial su punto central, la plaza de Santa Ana. Lo recuerdo bien porque en 1989 me instalé en el barrio como profesor de inglés mal pagado y periodista musical a tiempo parcial.

En aquellos días, la zona era ya más turística que otras partes de la capital, pero aún el barrio de las Letras no se había aburguesado.  Cafeterías y tabernas todavía superaban en número a los cafés y bares de cócteles. Los peatones tenían más probabilidad pisar mierda de perro que una frase de oro en relieve de Cervantes o Lope de Vega. Y no había mucho espacio para pasear de todos modas. Los coches aparcados en la acera obligaban a los peatones usar caminos estrechos. Algo que, a su vez, bloqueaba a los conductores tercos que circulaban durante horas en busca de un sitio para aparcar en lugar de dejar su coche en casa.

Entonces la plaza de Santa Ana era el foco de atención del distrito tanto como lo es ahora. Pero en vez de terrazas, la plaza estaba dominada por un colorido mercado de artesanía donde jóvenes de la movida y un puñado de viejos hippies de la década anterior vendían su mercancía. Bolsos al hombro, juguetes, muñecas, bisutería, cerámicas, cajas de lápices de bambú y esculturas de estaño y cobre, cartón o cuero. En resumen, nada verdaderamente útil, pero al menos hecho a mano en lugar de producido en masa por niños asiáticos. No creo que muchos de los comerciantes se hicieran ricos pero el sentido de camaradería era similar al de un campamento del 15M, sin los discursos.

De todas formas, por aquella época, me interesaba más por la música española. Para mí, 1989 significaba El directo de Radio futura, Blues de la Frontera de Pata Negra y sobre todo Songhai de Ketama. El año anterior, su colaboración con el malí Toumani Diabate había ganado el premio de la revista británica New Musical Express al mejor disco extranjero del año. En una entrevista posterior con Antonio y Juan Carmona me contaron que el premio también les había abierto el mercado en España. Como dicen; nadie es profeta en su tierra.

Los bares de la zona me aprovisionaron con la banda sonora de mi vida en Huertas. Y eso sí, el dulce olor de la marihuana. Pero pronto me iba a dar cuenta de que el ambiente no era del gusto de los políticos locales de la coalición centro-derecha.

El 4 de abril de 1989, el pleno de la Junta Municipal de Centro había incluido en su orden del día la clausura del rastrillo de artesanos. Ángel Matanzo, entonces presidente de la Junta de Centro, consideró que algunos puestos traficaban con droga y vendían objetos robados.

Como en la plaza apenas se vendían artículos de segunda mano, lo de los objetos robados lo veía un poco difícil, si no fuera por algún estuche de bambú mangado a otro artesano. Lo de la droga era más complicado.

Es cierto que alrededor de la plaza se podía comprar hachís; en cantidades bastante grandes en el caso del marroquí que pasaba su tiempo a la vuelta de la esquina del Teatro Español. Con ojos inyectados de sangre y manos temblorosas, utilizaba un machete para cortar su enorme tableta de chocolate. A pesar de su aspecto, creo que eran sus propios dedos los que corrieron más riesgo de herida.

Sin embargo, el marroquí no pertenecía al mercado de artesanía y el gran problema de la época era la heroína y no el cannabis.  Los periódicos de la época advirtieron de un crecimiento alarmante de fallecidos por consumo de la droga dura. No necesitaba leer los titulares para enterarme del problema. En mi propio piso de la calle Atocha, que compartía con siete personas, vivía un italiano con un hábito ya desarrollado. De día era bastante plácido pero por la noche me solía despertar con sus gritos salvajes emanando del cuarto de baño.

Cuando volví de unas vacaciones en Inglaterra para escapar del calor agosteño y  de los gritos del italiano, noté que el ambiente callejero de Huertas se había crispado. Ahora cuando los artesanos de Santa Ana intentaban montar sus chiringuitos,  – les rodeaban oficiales de la policía municipal con órdenes de echarles de la plaza.

Corrían rumores de que el motivo verdadero de la Junta de Centro era favorecer a los propietarios de las terrazas de la zona dándoles más espacio para poner sus mesas y sillas. Lo cierto es que, El 9 de agosto, La Suiza había recibido una licencia para instalar una terraza en la plaza de Santa Ana. La pastelería era propiedad de la familia de uno de los concejales, Venancio Mota y la concesión fue firmada por Ángel Matanzo.

En octubre “la batalla de Santa Ana” comenzó en serio. Al pasear por el barrio durante el fin de semana notaba que la policía controlaba todos los accesos a la plaza. Al final de la tarde, la zona se convertía en una especie de sitio medieval. Entre el humo acre de los cubos de basura ardiendo había cargas de docenas de policías y antidisturbios contra los tenderos, quienes respondían utilizando como arietes las mesas de sus chiringuitos. Algunos de los artesanos terminaron en hospital, otros fueron detenidos.

Había heridos de los dos lados pero nunca sería una batalla de iguales. Los enfrentamientos continuaron de manera esporádica hasta marzo del 1990, pero finalmente los tenderos de la plaza se dieron por vencidos.

En el extranjero, el muro de Berlín había caído, Margaret Thatcher estuvo a punto de dimitir y en España Ketama sacó su nuevo disco “Y es ke me han kambiao los tiempos”

Me invitaron a la presentación del disco en la Villa Rosa, entonces el principal bar de copas de la plaza y no el tablao flamenco para turistas que es ahora. Después, salí para tomar un café en una cafetería de al lado. En la misma barra me encontré con Pedro Almodóvar, solo y algo pensativo. ¿Reflexionando sobre los cambios en el barrio? Probablemente no. Más bien pensando en su próxima película. Tacones lejanos iba a incluir la escena famosa de Miguel Bosé como transformista cantando “El Año de Amor” en la misma Villa Rosa.

¿Y qué pasó con los artesanos de Plaza Santa Ana? En 1996, el Tribunal Supremo resolvió que su desalojo había sido ilegal. Pero ya era tarde, la plaza se había convertido en lo que vemos ahora y los artesanos nunca volvieron.

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